Para todas las mamás que esta semana regresaron a una casa diferente.
El lunes temprano dejé a mis hijas en el camión de la escuela.
Las abracé muy fuerte.
Las vi subir con sus mochilas cargadas de esa mezcla de emoción y nervios, que solo trae el primer día de clases.
Entré a la casa.
Y, por primera vez en muchas semanas, todo estaba completamente en silencio.
Ese silencio distinto que solo llega cuando termina una etapa.
Me quedé ahí unos segundos, sintiendo algo difícil de explicar.
No era felicidad, pero tampoco era tristeza.
Era esa extraña mezcla de extrañar a mis hijas y, al mismo tiempo, agradecer volver a tener un poco de espacio.
Espacio para trabajar sin interrupciones.
Espacio para terminar un pensamiento de principio a fin.
Espacio para escuchar mis propios pensamientos.
Espacio para tomar un café antes de que se enfríe.
Espacio para hacer esa llamada que llevaba días postergando.
Y, sobre todo, espacio para volver a encontrarme con esa parte de mí que, durante el verano, había estado dedicada a cuidar de todos los demás.
Entonces apareció una sensación que creo que muchas conocemos.
¿Está bien sentir esto?
Creo que sí. Porque no estabas contando los días para que el verano terminara.
Estabas contando los días porque, después de semanas sosteniendo a todos, tú también necesitabas un poco de espacio para volver a ti.
Y eso no significa que ames menos.
Creo que muchas mamás necesitamos escuchar esto.
Quizá también tú, hacia el final del verano, empezaste a contar los días.
No porque dejaras de disfrutar a tus hijos, sino porque sostener un verano agota.
Sobre todo esa sensación de estar disponible para todos, todo el tiempo.
Y, al mismo tiempo, hoy ya extrañas muchas de las cosas que hicieron de este verano un recuerdo inolvidable.
Las risas.
Los helados.
Las noches largas.
Las carcajadas.
Porque, aunque hubo momentos que disfrutaste profundamente, también existieron otros que te agotaron.
Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
Necesitar espacio no compite con el amor
Durante mucho tiempo nos hicieron creer que una buena mamá debía disfrutar cada segundo con sus hijos.
Como si amar profundamente a nuestros hijos significara no necesitar nunca un momento para nosotras.
Pero creo que ahí hay una trampa.
Porque el espacio no compite con el amor. Lo hace sostenible.
Necesitar unos minutos para pensar.
Para trabajar.
Para enfocarte.
Para hacer ejercicio sin interrupciones.
Para respirar.
O simplemente para escuchar el silencio de tu casa.
Nada de eso significa que ames menos a tus hijos.
Necesitar un poco de espacio no te hace menos mamá.
Te hace humana.
Porque además de ser la mamá de tus hijos sigues siendo tú.
Y esa mujer también necesita espacio para existir.
Mientras ellos vuelven… tú también
Hoy ellos regresaron a clases.
A sus amigos.
A sus rutinas.
Pero quizá hoy también regresaste un poquito más a ti.
Quizá volviste a una parte de ti que llevaba todo el verano esperando un poquito de espacio.
No porque quisieras escapar de la maternidad.
Sino porque nadie puede sostener a otros durante tanto tiempo sin necesitar volver, de vez en cuando, a sí misma.
Y eso no le quita nada al amor que sientes por tus hijos.
Al contrario. Lo fortalece.
Una invitación
Hoy, cuando cierres la puerta de tu casa, trata de no llenar inmediatamente ese espacio con pendientes.
Quédate cinco minutos ahí.
Respira.
Escucha el silencio.
Y hazte una sola pregunta:
¿Qué necesito yo hoy?
No qué necesita la escuela.
No qué necesitan tus hijos.
No qué necesita la casa.
Tú.
Quizá descubras que no necesitas grandes cambios, solo un poco más de espacio para volver a escucharte.
Porque mientras ellos comienzan un nuevo ciclo, tú también.
No porque la maternidad quede en pausa, eso sabemos que nunca pasa.
Sino porque, entre horarios, mochilas y despedidas en el camión, quizá hoy también recuperaste un poquito de espacio para volver a encontrarte contigo.
Ojalá lo llenes, aunque sea por unos minutos, de ti.
Antes de llenar el espacio con pendientes, quédate.
No tienes que hacer nada: el reloj lo llevo yo.
5:00
Escucha el silencio.
Listo.
Cinco minutos en los que no le resolviste nada a nadie.
Suena a poquito, pero sí llevabas semanas sin un ratito así.
Mañana, si puedes, date otros cinco.