Mi hijo no quiere volver a clases | Sofía Sánchez de Tagle
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Blog  / Crianza presente

Cuando dice que no quiere ir

Lo dijo en la cena, sin drama, mientras jugaba con la comida: no quiero ir a la escuela.

Y aunque lo dijo tranquilo, a ti se te quedó dando vueltas toda la noche.

Faltan diez días y ya te lo estás imaginando llorando en la puerta.

Casi nunca es la escuela completa

Cuando un niño dice que no quiere ir, casi siempre hay abajo una cosa chiquita y muy concreta.

Que no sabe con quién se va a sentar a comer. Que la maestra nueva habla fuerte. Que el año pasado no le dio tiempo de terminar su lunch y le dio pena. Que no se acuerda dónde está el baño en el edificio de los grandes. Que un niño le dijo algo en junio y nunca lo contó.

Ninguno de ellos tiene palabras para decir me da incertidumbre este cambio. Lo que sale, y sale entero, es no quiero ir.

Por eso convencerlo de que la escuela está padrísima no mueve nada. Estás contestando una pregunta que él no hizo.

Pregúntale de lado, no de frente

¿Por qué no quieres ir? es la pregunta más natural y la que peor funciona. Muchas veces él tampoco sabe la respuesta, y sentarlo a explicarse lo pone a defenderse.

Prueba con preguntas concretas, de esas que se pueden contestar sin tener que entenderse a uno mismo:

  • ¿Qué es lo primero que va a pasar cuando entres?
  • ¿Con quién te vas a sentar a comer?
  • ¿Qué es lo que menos te late de volver?
  • Si pudieras cambiar una cosa del año pasado, ¿cuál cambiarías?

Y hazlas de lado: en el coche, mientras cocinas, jugando algo. Sin mirarse a los ojos y sin cara de conversación importante, los niños sueltan muchísimo más.

Lo que salga, resuélvelo en concreto

Aquí es donde de verdad baja la angustia, y casi nunca es con palabras bonitas.

Si es el baño o el salón nuevo, vayan a la escuela antes del primer día y caminen el trayecto. Muchos colegios abren la semana previa, y si no, con ver la entrada desde afuera algo se acomoda.

Si es la comida, acuerden hoy con quién se va a sentar y qué hace si ese niño no llegó.

Si es la maestra nueva, mándale un mensaje antes y pídele que lo reciba en la puerta el primer día. Casi todas dicen que sí, y ese detalle cambia la mañana entera.

Si es algo que pasó el año pasado, ahí no corras. Escucha completo antes de resolver.

Un niño que ya sabe cómo se va a ver su día llega con otro cuerpo, aunque siga sin tener ganas.

La tentación de dejarlo faltar

Va a llegar la mañana en que llore de verdad y te vas a preguntar si un día no pasa nada.

Y sí pasa. El miedo funciona así: cada vez que evitamos lo que nos asusta sentimos alivio inmediato, y el susto crece tantito para la próxima. Un día en casa arregla esa mañana y hace más difícil la siguiente.

Ir con miedo, pero acompañado, es lo que le enseña a su cuerpo que sí podía. Y eso se puede hacer sin ponerte dura.

Si de verdad está desbordado, busca el punto medio antes que la falta completa: entrar tarde, entrar contigo hasta el salón, quedarse media jornada el primer día.

La mañana difícil, paso a paso

Prepárala la noche anterior, no a las siete de la mañana.

Que sepa quién lo lleva, quién lo recoge y a qué hora. Déjenlo dicho y no lo cambien.

Acuerden un gesto de despedida que sea de ustedes dos, corto y siempre igual.

Salgan con tiempo de sobra. Las prisas de la mamá se le pegan al niño y se sienten como alarma.

En la puerta, el gesto se hace y se termina. Si la despedida se alarga, lo que aprende es que sí había motivo para preocuparse.

Y vete aunque llore. Casi todos dejan de llorar a los pocos minutos de que te fuiste, y la maestra te lo puede confirmar si se lo pides.

Si el que no quiere ir es un adolescente

Con ellos casi nunca hay llanto. Hay puerta cerrada, es que es aburridísimo, dormir de más y contestar con monosílabos.

Debajo suele haber lo mismo, con otro nombre: con quién va a estar en el recreo, si sigue en el mismo grupo que su amiga, si va a poder con las materias este año, algo que pasó en un chat en julio.

Con un adolescente el error es interrogarlo. Funciona mejor estar disponible sin preguntar: llevarlo en el coche, quedarte en la cocina cuando baja por algo de comer, esperar. Casi siempre hablan cuando dejas de perseguirlos.

Cuándo ya no es adaptación

Las primeras semanas van a ser irregulares y eso está dentro de lo normal.

Pero hay señales que piden algo más que paciencia. Si a las dos o tres semanas la angustia sigue igual o va creciendo. Si hay pesadillas constantes o síntomas físicos todos los días. Si se niega a entrar todos los días, no un día difícil. Si dejó de hacer cosas que antes hacía sin problema.

Y si después de platicar con calma sigue con muchísimo miedo de volver, vale la pena indagar más, porque a veces detrás hay algo que pasó con otro niño y que no ha podido contar.

Si ves varias de esas juntas, vale la pena buscar ayuda profesional. Antes de que se acomode como costumbre.

Una cosa más, para ti

Dejarlo llorando y arrancar el coche es de las cosas más difíciles de la maternidad.

Vas a manejar con un nudo y vas a repasar si lo hiciste bien. Que llore no quiere decir que le estés fallando. Los niños lloran cuando algo es difícil, no nada más cuando algo está mal, y esas dos cosas se confunden muchísimo a las siete y media de la mañana.

Pregúntale a la maestra cómo estuvo después. Casi siempre la respuesta te va a sorprender.

Lo que estás construyendo

Un niño que entró con miedo y descubrió que sí pudo aprende algo que no se enseña platicando.

Aprende que las cosas difíciles se pueden atravesar acompañado. Y aprende que cuando te dice que algo le da miedo, tú no lo minimizas ni lo dejas solo con eso: le ayudas a encontrar cómo.

Eso le va a servir mucho después de este agosto.

Preguntas frecuentes

¿Por qué mi hijo dice que no quiere ir a la escuela?

Casi nunca es la escuela completa. Debajo suele haber una cosa chiquita y muy concreta: no saber con quién se va a sentar a comer, que la maestra nueva hable fuerte, no acordarse dónde está el baño en el edificio nuevo, o algo que pasó el año pasado y nunca contó. Los niños no tienen palabras para decir que un cambio les da incertidumbre, así que lo que sale es “no quiero ir”.

¿Cómo le pregunto qué le pasa sin que se cierre?

Evita el “¿por qué no quieres ir?”, porque muchas veces él tampoco sabe la respuesta y sentarlo a explicarse lo pone a defenderse. Funcionan mejor las preguntas concretas: qué es lo primero que va a pasar cuando entre, con quién se va a sentar a comer, qué es lo que menos le late de volver. Y hazlas de lado, en el coche o mientras cocinas, sin cara de conversación importante.

¿Está mal dejarlo faltar el primer día si llora mucho?

Un día en casa arregla esa mañana y hace más difícil la siguiente, porque cada vez que evitamos lo que nos asusta sentimos alivio inmediato y el susto crece tantito para la próxima. Si de verdad está desbordado, busca el punto medio antes que la falta completa: entrar tarde, entrar contigo hasta el salón o quedarse media jornada.

¿Qué hago la mañana en que llora en la puerta?

Prepara la mañana desde la noche anterior, que sepa quién lo lleva y quién lo recoge, acuerden un gesto de despedida corto y siempre igual, y salgan con tiempo de sobra porque las prisas se le pegan. En la puerta el gesto se hace y se termina, y te vas aunque llore: casi todos dejan de llorar a los pocos minutos, y la maestra te lo puede confirmar si se lo pides.

¿Y si el que no quiere ir es un adolescente?

Con ellos casi nunca hay llanto. Hay puerta cerrada, “es que es aburridísimo”, dormir de más y monosílabos. Debajo suele haber lo mismo con otro nombre: con quién va a estar en el recreo, si sigue en el grupo de su amiga, si va a poder con las materias. El error es interrogarlo. Funciona mejor estar disponible sin preguntar, porque casi siempre hablan cuando dejas de perseguirlos.

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