¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque se te antojaba, sin que tuviera un propósito práctico ni beneficiara a nadie más que a ti?
Si te cuesta contestar, no eres la única. Y probablemente no es porque no tengas gustos o intereses. Es porque pasas todo el día resolviendo lo de los demás y llegas a la noche agotada, sin energía ni para preguntarte qué es lo que quieres. La pregunta se fue apagando poco a poco, no de un día para otro.
Lo que se pierde cuando el tiempo deja de ser tuyo
Cuando cada minuto del día está ocupado en las necesidades de alguien más (la comida, la tarea, el conflicto entre hermanos, el baño, la hora de dormir), la pregunta “¿qué quiero hacer con mi tiempo?” deja de tener sentido. No hay tiempo que sea tuyo, así que la pregunta simplemente se apaga.
Y con ella, poco a poco, se apaga también algo más grande: la sensación de ser alguien más allá de mamá. Empiezas a definirte solo por lo que haces por otros: la que resuelve, la que organiza, la que está siempre disponible. Y aunque todo eso viene del amor, también te va vaciando de ti misma.
Hay un concepto que describe bien esto: la psicología del desarrollo le llama a veces matrescencia al proceso de convertirte en mamá, una reorganización tan profunda de tu identidad como la que viviste en la adolescencia. Nadie te avisa que perder pedazos de ti misma en el camino es parte normal del proceso, ni que recuperarlos también lo es.
Por qué esto importa (y no es egoísmo)
No se trata de dejar de estar presente con tus hijos, ni de priorizarte por encima de ellos todo el tiempo. Se trata de que sigas existiendo como persona completa, no solo como la persona que resuelve todo lo de los demás.
Un rato de tiempo tuyo, aunque sea cortito, es lo que te recuerda que sigues siendo alguien más allá de mamá. Y esto no es solo bueno para ti: una mamá con identidad propia, intereses propios, tiempo propio, modela para sus hijos que ser persona no desaparece cuando llegan los hijos. Les enseña, sin decir una palabra, que ellos tampoco tendrán que desaparecer cuando cuiden a alguien más algún día.
Cómo empezar a recuperarlo
- Un café en silencio, antes de que despierten, sin el celular en la mano. No para hacer nada productivo, solo para estar contigo misma cinco minutos antes de que empiece el ruido.
- Un rato del día que sea solo tuyo, aunque sea diez minutos, sin negociarlo con nadie. No tiene que justificarse ni rendir nada.
- Recordar qué te gustaba hacer antes de ser mamá (leer, pintar, correr, tocar un instrumento, lo que sea) y darte un ratito de eso, aunque al principio se sienta raro, forzado o hasta un poco culposo.
- Escribir lo que sientes, aunque sean tres líneas antes de dormir. No para nadie más, solo para ti. Poner en palabras lo que se acumula en el cuerpo es, en sí mismo, una forma de procesarlo.
- Decir que no a un plan o actividad que “se ve bien” pero que sabes que te va a dejar sin nada. El tiempo que no gastas ahí, es tiempo que recuperas para ti.
El primer paso es protegerlo, no encontrarlo
La verdad es que casi nunca “encuentras” tiempo para ti. Tienes que protegerlo, con la misma seriedad con la que proteges la hora de dormir de tus hijos. Si esperas a que sobre tiempo, nunca va a sobrar: siempre habrá algo más “urgente” que llenar ese espacio.
Elige una sola cosa, desde antes de que arranque el verano, y no la muevas “por si acaso”. Esa es tu ancla, igual que la de ellos. No la negocies cada día desde cero: decide de antemano que ese rato existe, pase lo que pase.
Qué hacer cuando la culpa aparece
Es casi seguro que, al principio, sentirás culpa al tomarte ese tiempo. Es una reacción esperable, no una señal de que estés haciendo algo mal. La culpa aparece porque estás rompiendo un patrón viejo, el de ponerte siempre al final de la lista. Nómbrala, permite que esté ahí, y sigue adelante de todos modos. Con el tiempo, se vuelve más silenciosa, hasta que casi no la notas.
No hay que esperar a tener mucho tiempo
No necesitas una tarde libre completa para empezar. Necesitas diez minutos, todos los días, donde la pregunta vuelva a existir: ¿qué quiero hacer yo con este ratito?
Esa pregunta, repetida lo suficiente, es lo que te va trayendo de vuelta a ti misma. Poco a poco, sin drama, sin necesitar un permiso especial de nadie. Solo la decisión de que tú también cuentas, todos los días, no solo cuando sobra tiempo.