Las noches pueden ser sumamente agotadoras: todos están cansados, no encontraron la pijama favorita, se pasó la hora de dormir.
Pero también puede ser uno de los momentos con mayor conexión, y ahí es en donde quiero profundizar.
No hace falta hacer el gran ritual o algo sumamente largo. Solo es hacer una pregunta muy sencilla:
¿Qué salió bien hoy?
Por qué funciona
Así como los adultos, los niños también tienen el sesgo de negatividad. Simple y sencillamente porque también son humanos.
Por eso a ellos les pasa lo mismo: recuerdan alguna escena en el recreo en la que alguien no los dejó jugar, el regaño de su maestra o la pelea con un hermano.
Dejando lo demás del día a un lado.
Es por eso que, cuando les preguntas qué salió bien, no les estás pidiendo que finjan que estuvieron felices todo el día y que estuvo lleno de diversión. Les estás dando una oportunidad para repasar su día y agradecer esos pequeños momentos de la vida cotidiana.
Con el tiempo dejan de necesitar que se lo preguntes. Empiezan a hacerlo parte de su día.
Cómo hacerlo, en la vida real
Elige un momento que ya exista. Sentada en la orilla de la cama, en la mesa durante la cena o en el coche de regreso a casa. Un ritual nuevo pegado a uno viejo es mucho más fácil de sostener que uno que necesita su propio espacio.
Empieza tú. Sobre todo con los más chiquitos. Si tú dices “hoy salió bien que jugamos un ratito juntos luego de hacer nuestras tareas”, ya les enseñaste la respuesta que estás buscando.
Que sea corto. Una cosa cada uno. Cinco minutos. En el momento en que se vuelve larga, se vuelve pesado.
No corrijas la respuesta. Si dice “el recreo”, esa es la respuesta correcta. Si dice “el postre”, también. Igual puedes preguntar “¿en serio? ¿por qué?” o “¿pasó algo que lo hiciera especial?”, algo para ver qué más te platica, pero dale la libertad y la confianza.
Deja lugar para lo difícil. Si quieren contar también algo que salió mal, adelante. Algunas familias hacen las dos: algo bueno y algo difícil. Lo importante no es que lo malo desaparezca, sino que lo bueno tenga un lugar garantizado.
Qué hacer cuando no quieren
Lo más seguro es que vaya a pasar, y lo mejor es no forzarlo.
Si un día contesta “nada”, no discutas. Puedes decir algo como “a mí hoy me costó encontrar una, pero se me ocurrió esta” y contar la tuya. Sin insistir, sin negociar, sin cara de decepción.
Los niños empiezan a participar en esto cuando comprueban dos cosas: que no hay respuesta equivocada y que no va a durar veinte minutos.
Si llevas tres noches y solo contestas tú, no estás fracasando. Están aprendiendo a estar más atentos a su día a día.
Variaciones según la edad
De 3 a 6 años. Funciona mejor concreto y con imágenes: “¿qué fue lo más divertido de hoy?”, “¿qué te hizo reír?”. A esta edad muchas veces contestan lo último que les pasó, y está perfecto.
De 7 a 11 años. Aquí ya puedes agregar la segunda capa: “¿y qué hiciste tú hoy que te haya gustado de ti?”. Es la pregunta que les enseña a notar sus propios aciertos, no solo lo que les ocurrió.
Adolescentes. Con ellos casi nunca funciona de frente ni en la cama. Funciona de lado: en el coche, lavando trastes, preparando la cena. Y funciona mucho mejor si tú contestas primero y no preguntas nada después.
Lo que realmente estás construyendo
Un día tus hijos van a tener una semana muy difícil, lejos de casa, sin ti.
Y quiero creer que algo dentro de ellos va a preguntarse, casi sin darse cuenta, qué salió bien ese día. No porque alguien se los pida. Porque ya aprendieron a mirar así.
Eso es lo que se está construyendo en esos cinco minutos que parecen nada.
Si quieres entender por qué el cerebro necesita este empujón, y cómo hacer la práctica para ti misma, aquí está la guía completa: gratitud en la maternidad.
Y si las noches en tu casa están tan tensas que ni esta pregunta cabe, quizá el primer paso sea otro: rutinas y rituales que sostienen a tus hijos.