Un pequeño ritual para ayudar a tu familia a cerrar una etapa y abrir la siguiente.
Dentro de unos días prepararemos mochilas, uniformes, rutinas y volveremos a poner despertadores.
Sabemos muy bien cómo preparar a nuestros hijos para el regreso a clases. Pero hay algo que casi nunca preparamos: la despedida del verano que acabamos de vivir.
Y eso también importa. Porque el verano no solo cambia el calendario. También nos cambia a nosotros.
Nuestros hijos crecieron, aprendieron cosas nuevas. Se hicieron un poquito más independientes. Vivieron momentos que ya forman parte de su historia. Y nosotros también cambiamos con ellos.
Los finales que no se marcan no se cierran
No ayudamos a nuestros hijos únicamente preparándoles la mochila para el regreso a clases.
También los ayudamos cuando les damos la oportunidad de despedirse del verano que acaban de vivir.
Porque las mochilas preparan a nuestros hijos para la escuela, pero los rituales preparan el corazón para los cambios.
Los seres humanos necesitamos los rituales, no porque cambien la realidad, sino porque ayudan al corazón a comprender aquello que la vida ya cambió.
No aceleran el tiempo. No evitan que nuestros hijos crezcan.
Pero nos permiten detenernos un momento para decir:
«Esto fue importante.»
«Gracias por este verano.»
«Ahora estamos listos para lo que sigue.»
Por eso, desde hace tiempo, en mi familia intentamos no dejar que las etapas simplemente se terminen. Nos gusta despedirlas y darles un cierre.
Porque creo profundamente que lo que se nombra, se honra. Los rituales no cambian lo que vivimos, sino que cambian la manera en la que lo recordamos.
Y, de alguna manera, hacen que los cambios se sientan un poco más amables.
El ritual del último día del verano
Te propongo hacer una cena de despedida un par de días antes de que entren a clases.
Ojalá sea una cena sencilla. Mejor aún si todos participan preparándola, porque los rituales empiezan mucho antes de sentarse a la mesa.
¿Cómo? Sin televisión y sin teléfonos en la mesa. Pon algo que en tu mesa signifique hoy es distinto: un mantel que no usan diario, velas, servir en los platos que se guardan para ocasiones especiales. Esto les hará sentir a tus hijos que esa noche merece ser recordada.
Y luego las preguntas. Puedes preguntar una a cada integrante de la familia, para no hacerlo tan largo.
Empiecen por esta pregunta: ¿qué agradeces de este verano?
No es casualidad. Cuando empezamos recordando aquello por lo que nos sentimos agradecidos, nuestro cerebro deja por un momento de buscar lo que salió mal.
Poco a poco bajamos las revoluciones. Nos sentimos más seguros.
Y desde ese lugar resulta mucho más fácil mirar el verano completo: con sus alegrías, sus dificultades y todo lo que nos dejó.
Las otras preguntas que les recomiendo hacer:
- ¿Qué fue lo mejor de este verano para ti?
- ¿Qué fue lo más difícil?
- ¿Qué aprendiste sin darte cuenta?
- ¿Qué te quieres llevar al año que empieza?
Solo hay una regla que me parece importante: nadie corrige la respuesta de nadie. Ni la de los hermanos, ni la tuya.
Lo más bonito de este ritual
Descubrirás que el verano de tus hijos no fue exactamente el mismo que el tuyo.
Tú recordarás el viaje o los grandes planes en tu ciudad. Ellos recordarán la noche de palomitas, una conversación en el coche, el día que le dejaste comer dos bolas de helado o una tarde cualquiera llena de carcajadas.
Y entonces entenderás algo hermoso: los recuerdos que construyen una infancia rara vez son los más planeados.
Regálense una última noche sin prisas. No para hacer algo extraordinario. Solo para mirarse, escucharse y agradecer.
Porque las familias también necesitan cerrar etapas. Y los recuerdos más valiosos de una infancia no solo se viven, también se nombran.
Si necesitas leer sobre todo lo que diste este verano, léelo aquí: lo que sí les diste este verano.
¿Qué hacer con lo que salga?
Puedes ir escribiendo las respuestas de cada uno, para que puedas ir sumando recuerdos de cada verano. Incluso puedes tomarle una foto e imprimirlo en el álbum de ese verano.
El verano no se acaba el día que empiezan las clases, sino el día que ustedes lo cierran.
Y una etapa que se nombra y se agradece deja algo distinto que una etapa que nada más se termina.
Comparte tu experiencia
Si este año hacen este ritual, prométeme una cosa: escríbeme, mándame una foto de su mesa, de una vela encendida o de esas cuatro preguntas respondidas con letra de niños.
Me encantará saber cómo decidieron despedir esta etapa.
Creo profundamente que los rituales tienen el poder de convertirse en la historia de una familia. Y me haría muchísima ilusión saber que, de alguna manera, este encontró un lugar en la tuya.
Quizá dentro de algunos años tus hijos no recuerden exactamente qué comieron esa noche. Pero es muy posible que recuerden que, en su familia, los finales importantes siempre merecían una mesa, una conversación y un gracias.
Y quizá, sin darse cuenta, ese sea uno de los recuerdos más valiosos de su infancia.