Hace unos días terminé con un nudo en la garganta después de leer cientos de comentarios de mamás en redes sociales.
Ninguna hablaba de lo feliz que era.
Todas hablaban de lo que habían tenido que dejar atrás.
Una escribía que le dolía perderse parte de las vacaciones de su hijo por una junta de trabajo. Otra contaba que había decidido quedarse en casa y que, aunque volvería a tomar la misma decisión, a veces extrañaba profundamente a la mujer que era antes de convertirse en mamá de tiempo completo.
Y, sin darme cuenta, seguí leyendo comentario tras comentario.
Cada una parecía intentar demostrar que su camino había sido el más difícil. Que su renuncia había sido la más grande.
Entonces pensé…
¿En qué momento convertimos la maternidad en una competencia de quién ha dejado más cosas en el camino?
Porque, si soy honesta, creo que todas estamos dejando algo.
Porque toda elección importante deja algo fuera.
Elegir una carrera significa no vivir muchas otras.
Elegir una ciudad implica despedirte de otras que quizá también habrías amado.
Elegir una pareja significa dejar ir miles de historias que nunca existirán.
Y elegir convertirte en mamá… transforma para siempre el mapa de tu vida.
Renunciar y elegir no son lo mismo
Creo que durante mucho tiempo hemos confundido renunciar con elegir.
Y no son lo mismo.
Renunciar suena a perder algo.
Elegir es mirar dos caminos, reconocer que ambos tienen algo valioso y, aun así, decidir cuál hace más sentido para la vida que quieres construir.
Y eso cambia por completo la conversación.
Porque no renunciaste a una gran carrera corporativa: elegiste que, durante algunos años, querías enfocarte en la crianza de tus hijos.
O quizá sí emprendiste, sabiendo que habría tardes en las que no podrías estar donde más te gustaría.
Quizá no renunciaste a viajar tanto. Elegiste construir un hogar al que algún día tus hijos siempre quieran volver.
Y sí.
Elegir también duele. Porque cada decisión importante deja versiones de nosotras que nunca llegaremos a conocer.
Elegimos todos los días
Creo que hay algo que pocas veces reconocemos.
Las grandes elecciones no ocurren una sola vez. No elegimos ser mamás únicamente el día que nació nuestro primer hijo.
Volvemos a elegir una y otra vez.
Cuando aceptamos un nuevo proyecto.
Cuando decidimos rechazarlo.
Cuando cancelamos un viaje.
Cuando emprendemos.
Cuando ponemos una pausa.
Cuando pedimos ayuda.
Cuando, aun queriendo estar, tenemos que faltar.
Cuando elegimos cuidar de nuestros hijos.
Y cuando también elegimos cuidar un pedacito de nosotras.
Cada una de esas decisiones deja algo fuera.
Y ninguna nos convierte en mejor o peor mamá.
Solo nos recuerda que somos humanas.
Todas estamos dejando algo del otro lado de la puerta
No conozco una sola mamá que no sienta, de vez en cuando, que está dejando algo importante del otro lado de la puerta.
La que hoy sale a trabajar quizá siente que se perdió los primeros pasos de su bebé.
La que hoy se quedó en casa quizá extraña una parte de su vida profesional.
La que trabaja medio tiempo siente culpa por ambos lados.
El problema es que muchas veces vemos solo lo que dejamos.
Y muy pocas nos detenemos a ver todo lo que estamos construyendo.
La pregunta que lo cambia todo
A veces me pregunto qué pasaría si dejáramos de preguntarnos qué estamos perdiendo.
Y empezáramos a preguntarnos algo distinto.
¿Qué estoy construyendo con esta elección?
No se trata de analizar qué camino hubiera sido mejor, sino de saber si estamos siendo fieles a la vida que estamos eligiendo.
Porque realmente creo que no podemos recorrer todos los caminos, pero sí podemos caminar profundamente el que elegimos.
Con cariño,
Sofía
Antes de cerrar, vuelve un momento a esa lista de arriba. Pero ahora míralas como tuyas.
Marca las que hayas hecho tú en las últimas semanas.
Elegiste 0 veces.
Si al verlas juntas te diste cuenta de que llevas encima más elecciones de las que creías, escribí una guía más larga sobre cómo elegir en la maternidad sin quedarte atrapada en la culpa. Ahí te cuento por qué duele decidir aunque hayas decidido bien, y qué hacer cuando una decisión no termina de sentirse del todo.