Crecimos con una imagen muy específica de la “mamá fuerte”: la que lo tiene todo bajo control, la que nunca duda, la que siempre sabe qué hacer.
Te lo digo con cariño: esa imagen nos hace más daño que decir no puedo. A nosotras y a nuestros hijos.
Hay dos tipos de vulnerabilidad, y no son lo mismo
Cuando hablo de mostrarte vulnerable, no me refiero a desbordarte emocionalmente sobre tus hijos. Llorar sin control frente a ellos por cosas que no pueden ni deben sostener, o convertirlos en tu apoyo emocional, no es de lo que estamos hablando. Ahí les estás cargando un peso que no les toca.
La vulnerabilidad que se construye es otra: la honestidad emocional. Es nombrar lo que sientes y mostrar, al mismo tiempo, que tienes maneras de manejarlo.
- “Hoy estoy triste. Es algo de adultos y lo voy a resolver, no tiene que ver contigo.”
- “Estoy enojada en este momento. Necesito un ratito para respirar.”
- “Cuando dices eso me duele. Las palabras importan mucho.”
Esa es la vulnerabilidad que suma.
Lo que construye en tus hijos
Cuando te ven sentir emociones difíciles y manejarlas, aprenden:
- Que las emociones son normales, no una emergencia.
- Que no hay que ocultarlas ni avergonzarse de ellas.
- Que las personas que quieres pueden sentir cosas difíciles y seguir estando bien.
- Que se puede pedir espacio cuando se necesita.
Todo eso baja la vergüenza que sienten sobre sus propias emociones. Y ayuda a comunicarse mejor para el futuro.
La autoridad que dura
La autoridad construida sobre aparentar que eres infalible es frágil. En algún momento se quiebra, y cuando se quiebra, se cae entera.
La autoridad construida sobre la coherencia y la honestidad es sólida. Aguanta los errores, los días difíciles y las dudas, porque nunca dependió de la perfección.
Tus hijos no necesitan que seas perfecta. Necesitan que seas real.
Justo de eso se trata reparar después de un error: mostrarte humana sin perder tu lugar. Te cuento todo en Cómo reparar el vínculo con tus hijos cuando te equivocas.